jueves, 7 de noviembre de 2013

EL SÍNDROME DEL CUADERNO NUEVO


EL SÍNDROME DEL CUADERNO NUEVO


Tú vives siempre en tus actos. 
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas. 

Bonito, ¿eh? Así nos describe Salinas el “estado de flujo” en el que se encuentra su amada, lo que la hace tan atractiva. No sé si saben a dónde quiero llegar.  Permítanme continuar con una reflexión sobre la manera de usar un cuaderno escolar, ayudará a explicarme.

Creo que podríamos encontrar dos actitudes básicas a la hora de usar un cuaderno;  la del estudiante que se ilusiona con él, lo forra, escribe su nombre en la portada con todo el esmero posible, decora la primera página…,  todo hecho con mucha tensión, con miedo a equivocarse y estropearlo;  el mismo miedo que le agarrota cuando intenta escribir en él.  Creo que entenderán que el final de este proceder es que el estudiante, muy a su pesar, debe escribir algo en las primeras páginas y que lo escrito seguro que estará muy por debajo de lo que el cuaderno-tuneado exige, con lo que más pronto que tarde, después de arrancar varias hojas, y aceptar la triste mediocre realidad, el alumno perderá el interés por el cuaderno  y probablemente por la asignatura o materia a la que está dedicado, dado el tiempo gastado en el tuning en vez de en el estudio que, con toda probabilidad,  le habrá hecho perder el paso y ganar la frustración tonta derivada de las expectativas imposibles,  generalmente concretada en la inacción o el rechazo manifiesto por lo que no creemos poder alcanzar.

La actitud opuesta es la del estudiante que entiende el cuaderno como una herramienta para aprender, como un espacio de taller en el que con esfuerzos, fracasos y triunfos irá recogiendo sus esfuerzos por ser mejor.  Quizá coincidan conmigo en que cuando avanzado el curso alguien revise el cuaderno dirá algo así como “está muy trabajado, seguro que pertenece a un buen alumno”.

Bien, pues algo así sucede a los padres con los hijos.  Hay padres con unas expectativas tan grandes y un miedo a equivocarse tal que no se atreven a actuar;  y, si lo hacen,  es para comprobar una y otra vez que la galleta no está rota, para pedir confirmación ansiosa al tutor, al orientador, al vecino… de que el número se lo han dado premiado,  y, amigos, en el pecado está la penitencia, ya les conté el final del estudiante más pendiente de no emborronar el cuaderno que de entender la asignatura.

Y luego, claro, están también los padres en “estado de flujo” con los hijos y su educación, desde el principio, sin reparar en ello, sin saber lo valioso, hermoso y atractivo de su proceder.

Hechas estas aclaraciones, creo que podríamos pasar a especificar la sintomatología de lo que podría definirse como “Síndrome del Cuaderno Nuevo  en los padres”;  el SCN, que vende más.

1.- Altas expectativas.
2.- Chequeo continuo del niño para encontrar o cerciorarse de la excepcionalidad pretendida.
3.- Sobreprotección tendente a evitar todo fracaso o frustración en el niño.
4.- Procurar formar una imagen de “madurez” en el niño valorando y potenciando actitudes y conocimientos “sorprendentes”, propios de un adulto.  “Encender bombillas”,  llamar la atención es lo que suelen hacer muchos de los niños que sufren padres con este síndrome.  Saben los nombres de los dinosaurios más difíciles, hablan sobre cosas que no entienden con una soltura de superficialidad aprendida; intentan seducir, buscan el aplauso inmediato, la admiración… por eso precisamente, huyen del aprendizaje, desprecian lo que ignoran, carecen de la humildad necesaria para aprender.  Aprenden a usar el “no están maduras” de la zorra de la fábula como coraza ante las demandas de la realidad, refugiándose en la imagen de su paraíso imaginado que proyectan en los otros.  Tarta para hoy y hambre para mañana.
5.- Búsqueda a toda costa de la singularidad en el niño.  Así, no es difícil que los padres se debatan entre la discapacidad o la superdotación; entre los extremos, en definitiva.  O César o nada, que dicen dijo César.
6.- Búsqueda de etiquetas que expliquen las expectativas rotas.  TDAH, dislexia, Asperger, superdotación… aquí la variedad es inmensa, aunque la cosa va por modas, con lo que la homogeneidad también.
7.- Si la galleta está rota, ya no interesa.  Todo el interés que suelen mostrar estos padres en los primeros años del niño, se suele ir diluyendo y desapareciendo por completo cuando el alumno realiza los últimos años de Primaria o los primeros de Secundaria, a la vez que se dicen algo así como <<no es como yo quería que fuese –con una erre el “quería”, nótese- por tanto ya no me interesa>>.




sábado, 28 de septiembre de 2013

LA PRIMERA SESIÓN DE PSICOTERAPIA ES GRATIS


Estarán conmigo en que muchos de los problemas de los niños son inducidos por los adultos, así que, no pocas de las veces, hay que “educar” a los adultos para tratar de mejorar a los niños.

 Si queremos que las cosas cambien, lo mejor es que cambiemos nosotros también. No vale de nada criticar, protestar, sentirse y mostrarse indignados hasta el infarto… si no cambiamos.  Claro otra cosa es que en el fondo nos guste ser un poco desgraciados, que nos hayamos habituado a quejarnos y temamos que alguien nos descubra o procure la solución del problema, porque entonces… lo más seguro es que se trasluciera el vacío del mundo en la oquedad de nuestra cabeza y de nuestras vidas.

 En fin, que, por si deciden ir un día al psicólogo, pues que aquí les explico los primeros pasos que andarán con él, que una vez andados, ya es la cosa más personal y complicada y ojalá tengan suerte y encuentren una buena persona, sí, que sea psicólogo, bueno; pero fundamentalmente una persona con sentido y conocimiento común, el menos común de los conocimientos y de los sentires, ya saben.

  1er paso. Defina su problema.
 Sin galimatías, sin retórica, exponga el problema de una manera matemática a ser posible. Escríbalo, así será más preciso y corto en la expresión.

 2º paso. Mídalo.
¿Cuánto pesa?, ¿cuánto mide su problema? Seguro que “muchiiisiiimooo”. Pero piense por un momento en la escala que usa para medirlo. ¿De verdad que “su “ problema es uno de los más grandes por los que ha tenido que pasar la humanidad entera? ¿De verdad que no encuentra problemas más grandes que el que padece? ¿Seguirá siendo un problema el año que viene? ¿y dentro de 100 años?  De vez en cuando es bueno visitar algún cementerio que otro para "visusalizar" la conocida frase "no hay mal que cien años dure".

 Es cierto que si nos pillamos un dedo con un puerta y nos procuramos un moratón en una uña eso nos duele más que todas las guerras del mundo, pero ¿es lógico mantener por más allá de unos segundos, minutos acaso, este sentimiento o pensamiento?, ¿es ético? Imaginemos que sí, que es lo siente como un grandísimo problema, ¿de verdad que este problema le impediría ser medianamente –no se puede aspirar a más- feliz? ¿Le impediría, el problema que siente, hacer a alguien un poquito más feliz, o menos infeliz –como prefiera-?, ¿le impediría “ser útil” a los demás, al mundo, a la vida; poner su granito de arena… que es, en definitiva, la mejor manera de sentirse un poco o un mucho mejor?

 3er paso ¿Es su problema real o inventado?
 Me explico; ¿es la realidad lo que le hace sentirse mal o lo que usted piensa sobre esa realidad? Bueno, mejor que yo se explicó Epiceto: “No son los hechos, sino lo que pensamos sobre ellos lo que nos perturba”.

 Tuvieron que pasar dos milenios para que Albert Ellis, desarrollando esta filosofía se inventara su famosa “terapia cognitiva”, muy probablemente la que en posteriores sesiones, esas sí, de pago, le irá explicando la buena o mala persona, que le está tratando como psicólogo o psicóloga cognitivo o cognitiva – por seguir con las tontadas de la nueva gramática parda-.

 Bien, pues el “Alter Ellis” en las manos -en la mente, mejor dicho- del cual se haya puesto usted, intentará hacerle ver que a nosotros nos pasan “cosas” (Actions), y que nosotros formamos pensamientos (Beliefs) sobre ellas, que, a su vez, nos producen consecuencias (Consequences); el ABC de la psicoterapia, Actions (A), Beliefs (B), Consequences (C). Y muy importante, no son las cosas o acciones las que nos afectan, sino los pensamientos que elaboramos sobre ellas, y son estos últimos los que nos deparan las consecuencias más importantes, no lo que nos sucede.  Un ejemplo: llueve. Bien, pues depende cómo se lo tome, un mismo hecho puede ser para usted un placer o un fastidio; pudiendo el pensamiento que genere sobre el hecho de llover, no el acto de llover o no llover, hacerle feliz o desdichado, según se lo tome, que se dice en llano.

 4º paso Los pensamientos que le deparan pesares son “pensamientos negativos”, “irracionales”.

No producen en usted ni en los demás nada bueno. Y se forman en usted ante la mínima causa porque usted ha aprendido a entender la realidad, a pensarla, a través de unos “errores cognitivos”.

 Por tanto, por su bien, es bueno que aprenda a distinguir estos “errores cognitivos”, base y sustento de sus pensamientos negativos.

 Ellis los lista, pero si tiene prisa, yo le diría que se pueden resumir en una simple palabra o concepto: EXAGERACIÓN. Si quiere entretenerse, pues aquí tiene la lista:

• Filtraje. Sólo se ve lo negativo de una situación, desatendiendo el resto.

 • Pensamiento polarizado. Sin término medio, en blanco o negro, sin matices.

• Sobregeneralización. Cualquier suceso aislado se toma como la norma eterna y global. Todo, nadie, nunca, siempre, todos, ninguno… son palabras usuales para expresar este error cognitivo.

• Interpretación del pensamiento. No sólo pensamos de manera negativa nosotros si no que atribuimos esa manera de pensar a los demás. “Sé lo que estás pensando… soy un imbécil”.

• Visión catastrófica. Cualquier cosa se entiende o se espera como un desastre. “ Y si… me caigo por la escalera y me mato, mejor no salgo”. Deje de pensar en las peores consecuencias.  Decía Montaigne: "Mi vida ha estado llena de desgracias de las que la mayoría no se hicieron realidad".

• Personalización. Tendencia a relacionarlo todo consigo mismo, comparándose continuamente con los demás y sintiéndose el más perjudicado, viviendo en una “evaluación continua” o prueba de valía ante los demás, donde la persona se siente como el sujeto agente y paciente de sus desdichas.

• Falacia de control. Creer que se controla todo o que todo es incontrolable, que se es omnipotente o que no se tiene control sobre nada.

• Falacia de justicia. La justicia es una evaluación subjetiva; hacer coincidir la de los demás con la nuestra es una tarea abocada al fracaso.

• Razonamiento emocional. Creemos que todo lo que sentimos tiene que ser verdadero. Creer siempre en las emociones propias es como creer en todo lo que se imprime. La mejor manera de ser feo es sentirlo, igual que la de ser una belleza.

• Falacia del cambio. Sentir que son los demás los que tienen que cambiar para que cambie mi estado. Es posible cambiar cosas en nosotros, pero poco podemos hacer deseando que cambien los demás.

• Los debería. Comportarse no como nuestra conciencia o sentir nos indica sino como “deberíamos” comportarnos según los otros. La falta de asertividad y autoestima son la base de tantas y tantas obligaciones y cargas que sólo nosotros nos autoimponemos, eso sí, culpando a los otros de ello, claro.

• Tener razón. Vivir a la defensiva-ofensiva queriendo llevar razón en todo es la mejor manera de labrar la infelicidad propia y ajena. “Prefiero ser amable a llevar razón”, es una frase de W. Dyer, muy acertada y procuradora de felicidad y buenas relaciones sociales.

• Falacia de la recompensa divina. Es necesario sufrir en este mundo para ganarse el otro. Sin comentarios; pero, si hay otro mundo, creo que debe ser cierto lo que dice Machado: “porque sólo lleva quien deja y sólo vive el que ha vivido”.

 5º paso.  Aprender a combatir los pensamientos negativos o irracionales.

Para ello, creo que habría que utilizar D3, esto es Detectar, Detener y Discutir estos pensamientos negativos.

 6º paso. Sustituir los pensamientos negativos por aquellos que nos ayudan a ser mejores y más felices. Pensar en “preferencias” más que en “deberías”, agradecer en vez de agredir…

 Bueno y la 2º sesión, ya es de pago; y suerte, porque la primera ya han visto que es teórica, introductoria… e incluso un psicólogo sabría llevarla; pero, amigos, para las demás ya la cosa se complica, y ojalá encuentren en el psicólogo a su vez a una buena persona –“en el buen sentido de la palabra, bueno”-, porque si no, mejor que se estén quietos.

Ah, no se les ocurra contar conmigo para esas segundas o más sesiones... que ya saben que mi hobby es la pintura.  Lo siento.

martes, 4 de diciembre de 2012

LA REALIDAD Y EL DESEO

LOS PROBLEMAS COMPORTAMENTALES EN LA NIÑEZ, ADOLESCENCIA Y JUVENTUD.

Una vez más la poesía ayuda a la reflexión pedagógica; Los niños van del deseo a la realidad, de la niñez a la adultez.  Una vez bien superado el camino, los adultos logran su inteligente y melancólica visión del mundo desandando el camino, mirando por el espejo retrovisor del deseo, intentando ofrecer un mundo reinventado, reinterpretado, mejorado, a los que recogen el testigo y se adentran en él.

A los dos años y medio, a través de las rabietas,  el niño manifiesta su enojo por empezar a descubrir que las cosas no siempre son como él quisiera, los padres deben sacarle de un mundo regido por el principio de placer al mundo real, el regido por el principio de realidad.  Si los padres muestran con seguridad las reglas básicas que hay que tener en cuenta para moverse en este mundo exterior y en el que hay que contar con lo otro y los otros, tras un breve periodo de oposición y frustración, el niño despertará a lo que se ha venido en llamar “la edad de la gracia”, pasará a aceptar la realizad, una nueva dimensión llena de aventuras y posibilidades, de aprendizaje.

Esta circunstancia se repite en un nuevo grado, pero con idéntica función, en el paso de la niñez a la adolescencia.  El adolescente se libera de los restos egocéntricos de la niñez para introducirse más en el mundo real.  Si estos dos saltos al mundo real no se producen adecuadamente, si el niño no encuentra quien le de seguridad y normas para adentrarse en las nuevas realidades, la regresión al aislamiento y egoísmo son el único camino posible.

Es necesario enseñar al niño a frustrarse.  Esta expresión chocante en un principio, es un principio educativo esencial. Trataremos de explicarla.  Un niño necesita aprender que no siempre se consigue lo que se quiere o se gana, y que no por eso hay que desanimarse o venirse abajo.   “Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te permitirán ver las estrellas”, decía Tagore en su famosa frase.  Se aprende del fracaso; estamos biológicamente diseñados para aprender del fracaso.  El estado de quietud y reflexión que produce –la suave melancolía del pasmo- nos ayuda a preguntarnos sobre lo que hicimos mal o estudiar nuevas posibilidades de acción.  En cambio, aprendemos poco del éxito, que las cosas salgan bien nos ayuda a no replanteárnoslas, a no pensar; claro, lógico, es decir “biológico”; una norma evolutiva de conservación de la especie.

Si a un niño se lo damos todo, se lo resolvemos todo, le evitamos todos los posibles fracasos… no le estamos ayudando en nada; es más estamos haciendo de él una persona “discapacitada” para aprender, para vivir.  Se le ha llamado el “síndrome del emperador”, esto es, los niños que han sido reyes de su casa y se transforman en tiranos.  Niños que no han pasado del estado anterior a las rabietas, que no saben actuar cuando algo se les niega o cuando algo les sale mal, y manifiestan su impotencia y no saber hacer con el llanto, la pataleta, el mal comportamiento, la agresión y la frustración desesperanzada y amarga.

Resiliencia se le llama a la facultad para sobreponerse a pérdidas o fracasos.  Es también algo que nos ayuda a vivir, a perpetuarnos como especie, algo “biológico”, como ya apuntamos al hablar del aprendizaje en el fracaso.  La resiliencia nos ayuda a superar, por ejemplo la pérdida de un familiar querido.  Estamos programados para sentir el duelo y superarlo; asumiendo la pérdida y enfrentándonos a la vida con redobladas fuerzas y energía, con más sabiduría.  También es la fuerza que hace que un alumno ante el fracaso en un examen, se entristezca en un primer momento, pero pase pronto a preguntar cuándo es la recuperación o qué puede hacer para mejorar la situación.

Creo que el componente esencial de los niños o adolescentes que muestran graves problemas conductuales es su falta de aprendizaje en la superación de la frustración.  Suelen poner por ahora un programa en televisión llamado “Hermano Mayor”, en el que un famoso deportista que estuvo a punto de caer en la drogadicción y supo salir con éxito de la situación ayuda a adolescentes o jóvenes que presentan en sus hogares serios problemas de comportamiento.  Casi todos estos jóvenes se han desarrollado en un ambiente con las siguientes variables:
  • Madre que sintió miedo en un principio de no tener o de perder a su hijo, por lo que ha sido proclive a establecer una pauta educativa basada en el miedo a perder al niño o perder su cariño, dándole todo lo que ha demandado y sintiéndose culpable por aquello que no podía darle.
  • Padre que se siente culpable o enfermo, que no tiene seguridad en sí mismo, ya sea por estar en paro, por no ganar suficiente dinero para procurarle al niño el tipo de vida que demanda
Ninguno de los dos progenitores supieron transmitir el principio de realidad al niño.  El niño fue “egoístamente feliz” mientras fue niño, pero se sintió incapacitado para vivir en un mundo regido por el principio de realidad, un mundo que no atendía a sus peticiones tan solícitamente como sus padres, un mundo que le demandaba “preparación”, esto es habilidades, destrezas, conocimientos, aprendizajes… y ante esos “fracasos” nadie le había enseñado a reaccionar.  Por tanto el adolescente o joven que se muestra en los programas, invariablemente, es una persona que siente odio contra el mundo, porque no le da todo lo que le pide, porque le exige lo que no tiene ni ya puede conseguir  y, paradójicamente, odio contra sus padres, porque le dieron todo lo que pedía y no le enseñaron que el mundo no era como él se imaginaba, porque no le enseñaron a frustrarse, a aprender.  Estos jóvenes, “ninis vocacionales” (“ni” quieren estudiar, “ni” trabajar) se sienten engañados, estafados, y vuelcan la agresividad, producida por el callejón sin salida en el que se encuentran,  sobre ellos mismos y sobre sus padres, las únicas personas que están forzados a convivir con ellos.

La antesala, el pasado de estos jóvenes podemos observarlo en otro programa de televisión actual “Supernanny”, que generalmente recrea niños que se crían en un ambiente sin límites ni normas, consentidos y caprichosos; reyes que al cabo de pocos años se convertirán en tiranos.

sábado, 17 de marzo de 2012

COMO TENER UNA PALOMA ENTRE LAS MANOS

“Educar a un niño es como tener una pastilla de jabón entre las manos; si aprietas mucho, se te escapa”. Esta cita me hizo recordar una similar, aunque sin lugar a dudas mucho más poética, que leí hace décadas en un libro de Umbral, decía algo así como “Educar a un niño es como tener una paloma entre las manos”; describiendo muy bien la “presión” que supone la educación, las ganas del niño por ser mayor y liberarse del cuidado que los adultos ejercen sobre él, y el miedo de los adultos de que al soltar la paloma, se caiga y no vuele.


Tenía gana de escribir un “no obstante”; después de las anteriores entradas en las que incidía en los perjuicios que suponen la hiper-vigilancia o hiper-involucración, de los padres en la educación, tenía ganas de matizar un poco y dejar claro que lo peor de todo es “pasar de ellos”, abdicar de nuestras responsabilidades, desentendernos de nuestros hijos… y no es que este problema se dé poco en nuestros tiempos pendulares, quizá con tanta intensidad como la sobreprotección anteriormente descrita.

 Si la galleta está rota, ya no nos gusta. Es curioso ver la sobre-implicación de algunos padres mientras sus hijos están en los primeros cursos escolares. En estas tempranas edades muchos padres alimentan expectativas desmesuradas, pero cuando la cosa empieza a apuntar a que el niño es la persona normal posible y no el ente imaginativo y perfecto que nos habíamos imaginado, sufren una especie de frustración y se van distanciando de él.  Pasa algo así como cuando un escolar empieza un cuaderno nuevo, el interés por hacer la letra bonita, llevar ordenados todos los ejercicios… va decayendo a medida que el tiempo y el actuar van dejando el reguero de errores que fundamentalmente lo constituyen.

 En la adolescencia parece que “se junta el hambre con las ganas de comer”. Coinciden los deseos de alejamiento y vida íntima del niño con la imagen de decepción y reproches que los adultos sólo aciertan a ver en ellos. Un anuncio televisivo de hace unos años planteaba muy bien esta situación; mostrando el interés de los padres en comunicarse con su bebé (ago, agó, cuchi-cuchi….) y el distanciamiento que años más tarde mostraban cuando su bebé, ya adolescente, intentaba comunicarse con ellos y encontrar su apoyo. 

Los ingleses se vieron sacudidos hace un tiempo por un adagio que venía a decir “sólo hay una cosa peor que pegar a un niño, pasar de él”. Reconocieron que muchos padres de las nuevas generaciones no habían agredido físicamente nunca a sus hijos, pero en muchas ocasiones se habían desinteresado de ellos, habían dejado a un lado su papel de padres, para pasar a ser “amigos”, “compañeros”, “colegas”… de sus hijos… sin responsabilidades, sin valor ni convencimiento para tomar las decisiones por ellos vitales para ayudarles posteriormente las suyas propias. Sin valor para retener a la paloma, hasta estar seguros de que una vez aflojadas las manos su vuelo sería adecuado y seguro. Como solución a los nuevos problemas, tan parecidos a aquellos que sufrían los hijos a los que habían maltratado, volvieron a aceptar en su legislación los “cachetes”, como si aquí radicara el problema de los padres que “pasaban” de sus hijos, y no en el detalle ese, precisamente en que “no les importaban”.

 Recuerdo una profesora que era siempre muy respetada en un instituto donde la gran mayoría de los demás profesores nos veíamos desbordados por problemas continuos derivados de la indisciplina de los alumnos. Pregunté a la profesora -a la que quedaban ya pocos años para jubilarse- que cómo conseguía que los alumnos la respetasen y apreciaran, “es que ellos saben que a mí me importan”, fue su respuesta.
Es cierto, cómo respetamos y queremos a las personas que sabemos que importamos, cómo nos gusta sentirnos “vividos”, sentidos por los demás, tenidos en cuenta.

 Demasiados niños están convencidos de que sus padres trabajan mucho y no se les puede molestar, porque están muy ocupados… y muy cansados; incluso temen “molestar” a sus profesores, también ocupados y cansados. Los adultos sabemos aislarnos, dejar a los niños a un lado cuando así lo queremos. Les compramos juguetes, video consolas, les ponemos la tele… “para ver si se entretienen” y nos dejan en paz.

Se ha puesto de moda en las facultades de psicología realizar la siguiente investigación: observar si los niños que siguen en televisión alguno de los programas infantiles destinados en apariencia a potenciar el desarrollo cognitivo infantil se muestran más avanzados en su desarrollo que los que no lo hacen, y el resultado ha sido siempre el mismo, paradójicamente los niños que no siguen estos programas van más avanzados en su desarrollo. Claro, las horas de televisión son horas quitadas a la interacción real con sus padres, sus hermanos, amigos… Los resultados han sido tan contundentes que incluso han forzado a las productoras de los programas televisivos aludidos a sacar varias notas de prensa dejando claro que su principal pretensión es divertir, no formar o educar a los niños. Con los adultos pasa otro tanto; normalmente las personas que usan vulgarismos al hablar los siguen usando a pesar de los miles de telediarios oídos, que no tanto escuchados. La interacción directa con nuestros hijos o alumnos es la gran vía educativa. Los juguetes, tecnologías, contenidos… deben ser medios, pretextos para potenciar esa interacción, no impedimentos que la dificulten.

miércoles, 3 de agosto de 2011

UNA INFANCIA PROPIA


Virginia Woolf consideraba necesario que las mujeres tuvieran “una habitación propia” para empezara a tener una vida propia.  La infancia es la “habitación propia” del ser humano; si se tiene en la infancia, se tendrá para el resto de la vida.  No nos referimos aquí a esas habitaciones llenas de estanterías, cajones y juguetes en las que metemos, a veces como un complemento más,  a los niños;  hablamos de una “habitación” que se refiere a un espacio y tiempo vital propio, de experimento y crecimiento.

Los adultos, más manipuladores e invasivos que nunca, hemos intentado diseñar hasta en el más mínimo detalle este espacio-tiempo infantil.  Proyectamos en ellos nuestros intereses, valores…

Ha calado en el ambiente la caricatura presentada por Amy Chua en su artículo “Why Chinese Mothers Are Superior”, comparando a las madres chinas con tigresas frente a las gallinas cluecas europeas; reivindicando una educación basada en una disciplina férrea, rigor y severidad; manipulativa hasta el paroxismo.

Da miedo ver cómo se parecen los críos a nosotros, los padres o profesores.  Pero ¿qué falta en nuestro “superpotito” educativo?  ¿Por qué fracasamos tanto en algo tan importante? 

Para encontrar la respuesta quizá debamos hacernos la pregunta que da título a uno de los libros de Dyer:  What do you Really Want For Your Children?,   ¿Qué deseamos  por encima de todo para nuestros hijos?  Probablemente la respuesta será “que sean felices”;  pero, y va otra pregunta crucial, ¿Actuamos en consecuencia?

En este inicio de siglo se habla mucho de “positivismo” (“Siempre positivo, nunca negativo”, decía un famoso entrenador de fútbol), se habla de felicidad, optimismo… pero, curiosamente, para referirse o recetar el modo de ser de los adultos; mientras que para la infancia se han dejado las palabras un tanto trasnochadas de esfuerzo, frustración, deberes, tareas…  Se entiende la infancia como una etapa competitiva y esforzada encaminada a conseguir una formación y encontrar un trabajo en la madurez y,  entonces… “descansar y disfrutar de la vida”.  El mundo al revés, sí;  pero así pinta la cosa, no nos engañemos.  El último libro de Carld Honoré alerta sobre la hiperexigencia hacia los hijos y el "es que no podemos" que justifica el no estar lo suficiente con ellos.

Parece que nuestra  sobre-educación, compuesta por  las 5 perniciosas S, que apuntara Didier Pleux en su libro “El niño, de rey a tirano” (Sobreconsumo, Sobrevaloración, Sobreprotección, Sobreestimulación y Sobrecomunicación), ha producido una generación de niños con altas dosis de fracaso escolar, de insatisfacción y depresión.

Seligman, al realizar sus estudios sobre la depresión,  consideró extraño que niños formados en el estilo educativo desarrollado en los años finales del XX, basado en la autoestima y en el rechazo a provocar el menor trauma o frustración en la infancia,  diera como resultado unas generaciones de adultos con tan poca autoestima y tan proclives a la depresión.  Dorothy C. Briggs publicó en 1970 su famoso libro “Your Child’s Self-Esteern”, significativamente traducido al castellano como “El niño feliz”.   Tanto Seligman como Briggs consideran la autoestima como un pilar fundamental en la educación, pero los dos distinguen entre la falsa autoestima –la mera adulación-  y la auténtica, la que obtiene el niño a través de los éxitos que le deparan sus actuaciones, reflejo del desarrollo de sus potencialidades.

La autoestima está íntimamente relacionada con el optimismo, con el "optimismo inteligente",  considerado por Seligman como uno de los tres pilares fundamentales de la educación, junto a las aptitudes y la motivación; proclamándolo, también, como la mejor vacuna contra la depresión.

Al descubrir la importancia del optimismo, Seligman  volcó sus estudios sobre este tema desarrollando programas para hacer optimistas a los niños, aunque descubrió que el estilo cognitivo es algo que transmiten los padres a los hijos de manera un tanto inconsciente, así como los profesores y el entorno educativo del niño, formando parte del currículo oculto.  Llegó a la conclusión de que hijos de padres optimistas desarrollaban un estilo de pensamiento optimista, mientras que los hijos de padres pesimistas, desarrollaban un estilo cognitivo pesimista.  En esto, como en tantas otras cosas,  se cumple el verso machadiano,  sólo lleva quien deja y vive el que ha vivido. Uno de los grandes desafíos de la educación crear lo que no se tiene, formar para un futuro que se desconoce. 

Nos hemos preocupado mucho por fomentar las aptitudes y la motivación de nuestros hijos o alumnos, tanto que nos hemos olvidado –y en muchos casos sacrificado- el tercer pilar, el optimismo. Hemos sacrificado la infancia en aras a un futuro mejor, para más tarde descubrir que el mejor futuro estaba en ella.

viernes, 1 de julio de 2011

EL PARAÍSO PERDIDO

La infancia ha dejado de ser un paraíso; se ha sustraído  a la naturaleza.  Si nos sentimos bien en la naturaleza, es porque ella no nos evalúa, nos acepta tal y como somos.   Nos sentíamos bien en la infancia porque era una etapa en la que nos podíamos presentar tal y como éramos y no nos importaban los otros.

Haced memoria, ¿con cuántos años os empezó a preocupar aparecer ante los demás despeinados, con las manos o las rodillas sucias, incluso con un moco colgando?  Bien, pues en ese preciso momento acabó vuestra infancia, ¿estáis de acuerdo?

Hace no más de un cuarto de siglo nos preguntábamos si se podía hablar de ansiedad, depresión, neurosis… y demás trastornos en la infancia.  La existencia de los  trastornos anímicos infantiles estaba en principio cuestionada,  para después,  ocupar un apartado propio en los manuales de psicopatología, y con el tiempo ir desdibujando sus límites con las patologías de adulto.

Hace poco,  en la sala de profesores de un colegio se desarrollaba una conversación interesante sobre  la competitividad en los  niños, cuando un interlocutor apuntó: “ los niños de antes eran competitivos, pero no neuróticos”. 

Es cierto.  Pero, ¿qué ha hecho de estos niños unos pequeños neuróticos?  Creo que la razón puede estar en la presencia permanente de los padres en sus actos cotidianos, la sobre-implicación y sobre-vigilancia.  El intento feroz de participar y dirigir todas las facetas y campos de la vida infantil ha dado un tono adulto a la vida infantil y un toque infantil a la de los adultos.

En un principio parecía que el problema mayor radicaba en la poca presencia de los padres a la hora de educar a sus hijos; aunque es evidente que aquí, como en todo, se puede pecar tanto por defecto como por exceso, son evidentes los estragos que causa la falta de una presencia en cantidad y calidad de los padres, familiares, profesores… adultos,  en general,  que vigilan y protegen la vida de los niños.  Son sabidos los problemas que causa la carencia de esta presencia necesaria de los adultos en la vida infantil.  Lo que nos asombra por nuevo, es lo contrario; la excesiva presencia de los adultos en la vida de los niños, genera también problemas.

Pensemos en unos niños que se juntan para jugar al fútbol.  Podríamos observar cómo los líderes de la pandilla establecen las reglas, eligen a los mejores jugadores, sus puestos en el equipo… y, sorprendentemente, los que no han sido elegidos y tienen que “chupar banquillo”  hasta que alguna posible lesión o acontecimiento extraño les procure un hueco más activo en el juego, se sienten jugando, participando dignamente… sin sentirse discriminados, rechazados… sin establecer una visión negativa de los hechos… mostrándose quizá competitivos, pero no neuróticos.

En cambio, todos hemos observado los partidos en los que los padres hacen de jugador número 12, o de entrenadores personales de sus hijos.  Es curioso sentir la ansiedad y emociones que experimentan los niños en estos casos.  El acontecimiento deportivo deja de ser un juego.  Da la sensación de que los adultos logran transmitir su visión de las cosas a los niños.  Con sus cámaras, sus palmas, caras de orgullo, de decepción… van marcando las emociones que, por osmosis, aprenden a experimentar los niños.

Otro significativo ejemplo es el de los niños pequeños que se acercan a otros niños –muchas veces totalmente desconocidos para ellos- y les piden participar en el juego.  Los padres con intuición y empatía comprenden fácilmente que lo mejor es vigilar la niño desde lejos en el parque, mostrarse un tanto ajenos a sus cuitas en este laboratorio social y de vida.

La sobre-exigencia, sobre-protección y sobre-implicación de los adultos hacia los niños ha destruido esa arcadia feliz en la que cada persona puede sentirse el centro de su propio mundo, sin importarle mucho lo que los demás piensen de ella.

Niños-sobre.  Esta expresión está tomando cuerpo para definir una nueva realidad.  Se la oí por primera vez a la directora de un centro de atención temprana;  “no nos preocupan tanto los padres que no asoman por aquí, como los que se sobre-implican; ponen nerviosos a los niños… y a nosotros también”, decía la directora,  para continuar expresando las diferencias entre aquellos padres de hace unos años a los que era difícil convencer para que cumplieran los programas de estimulación precoz que se ofrecían a sus hijos, y los nuevos padres que toman el programa con el rigor y exigencia de un  preparador de oposiciones.  Didier Pleux, autor del popular libro L' enfant roi à l'enfant tyran, habla de la perniciosas 5 S : Sobreconsumo, Sobrevaloración, Sobreprotección, Sobreestimulación y Sobrecomunicación.

Es un nuevo problema, como la adicción a internet, una nueva patología, la sobre-implicación, que crea numerosas oportunidades a las nuevas patologías en los niños.  El intento de que todo vaya perfecto hace que los niños se sientan en una situación permanentemente deficitaria, niños temerosos no tanto del fracaso, como de la reacción de sus padres ante esos pequeños fracasos que sólo son  los escalones necesarios en el  aprendizaje.  “Niños condenados a ser perfectos”, se titulaba un artículo aparecido recientemente,que refiriéndose a los numerosos casos de TDAH que se dan actualmente en la infancia, comentaba la gran facilidad con la que se medica a niños, simplemente para hacerles rendir más en el ámbito académico, para intentar que cumplan las altas expectativas que los padres tienen en este terreno.  Padres que no entienden que algunas dislalias son evolutivas, que la madurez se desarrolla poco a poco,  a veces pasando por etapas de “inmadurez”,  que los niños deben aprender a fracasar, a frustrarse… a caer y levantarse; que así es el camino para aprender, y también para vivir.  Padres que pasan con facilidad de este extremo al contrario;  como niños que si encuentran que la galleta está partida, ya no quieren comérsela.

La ansiedad por coger el fruto nos está llevando a deshojar la flor de la infancia.  Un buen presente es la mejor garantía de un buen futuro.  No sacrifiquemos la infancia en aras de ningún futuro porque ella es la base de todo buen futuro.  Seligman, que tanto estudió la depresión en adultos, se ha centrado últimamente en elaborar programas para enseñar un estilo cognitivo optimista a los niños.  Analizó cómo la adulación –el fomento de la falsa autoestima- y la acción de los adultos encaminada a evitar cualquier tipo de “trauma” en los niños creó, paradójicamente,  una de las generaciones más depresivas de la historia, y cómo el aprendizaje del optimismo en la infancia es la mejor vacuna contra la depresión, la mejor herramienta para conseguir una vida feliz.
  
"Rosebud".  Todos recordamos esta palabra que en su agonía musitaba Orson Welles en Ciudadano Kane.  La bola de cristal con nieve artificial rodaba por el suelo, unas imágenes nos llevaban a un paisaje nevado de su infancia en la que jugaba con sus amigos con un trineo llamado “Rosebub”;  imágenes que ahora, en el lecho de muerte, después de toda una vida atraído por los fetiches del poder y el dinero, reconocía como un paraíso perdido.  La infancia debe ser esa etapa feliz, cimiento de todas las posteriores.