domingo, 26 de julio de 2015


Nobody, not even the rain, has such small hands


¿Quién fue ese amor primero que os abrió al mundo, que tan discretamente como la lluvia, con unas manos tan invisibles, os quitó capa a capa la armadura oxidada y dio seguridad para sumergiros en el río de la vida?  Probablemente  E. E. Cummings quiso reflejar en su poema a la persona que nos provoca ese tiempo-estado en el que se decide participar en la vida, dejar en un segundo plano, los manuales, los programas de mano, las guías, las instrucciones, la preparación para la vida… y vivir.

No me gustan los tatuajes, pero me impactó ver este verso de E. E. Cummings  grabado en el hermoso cuello de una chica.  Woody  Allen popularizó este poema, “el de la página 112”,  como estrategia de declaración de amor de uno de sus personajes en la película en Hannah And Her Sisters… y funcionó; la chica entendió el mensaje, no hubo que decir nada más.  Lástima que la realidad no sea tan de película.

Somewhere I have never travelled,gladly beyond
any experience,your eyes have their silence:
in your most frail gesture are things which enclose me,
or which I cannot tough because they are too near

your slightest look easily will unclose me
though I have closed myself as fingers,
you open always petal by petal myself as Spring opens
(touching skillfully, mysteriously) her first rose

or if your wish be to close me, I and
my life will shut very beautifully, suddenly,
as when the heart of this flower imagines
the snow carefully everywhere descending;

nothing which we are to perceive in this world equals
the power of your intense fragility: whose texture
compels me with the colour of its countries,
rendering death and forever with each breathing

(I do not know what it is about you that closes
and opens; only something in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody, not even the rain, has such small hands



El poema, como toda obra de arte, es poli-sugerente; visto desde el prisma psico-educativo de este blog, llevaría a hacernos otra pregunta: ¿Qué maestros, profesores, educadores, familiares, amigos…  de una forma tan efectiva y discreta como la lluvia, te abrieron al mundo?  Muy pocos, ya lo sé; contados.  Pero piensa un poco, quizá no entre en la categoría ninguno en concreto, pero ten en cuenta que estamos hablando de realidad, y en ella el protagonista, el héroe, no suele serlo siempre, ni en todas partes, ni con todo el mundo, la vida es más compleja que la ficción. 

Quizá ahora sí te vengan a la memoria “enseñantes” –en qué palabra más fea hemos desembocado para evitar el “todos/todas” de los malos políticos- , quizá ahora te vengan a la memoria algunos, decía; pero cuidado, descarta los petarderos, que esos ya tuvieron su momento de gloria mientras se lucían/fundían entre decorados y adehalas… ya os hablé del barroco en educación, y de sus años y daños de gloria.  No, no penséis en esa gente; sí en la gente discreta, en los que “con manos pequeñas como la lluvia” os dieron armas para enfrentaros al mundo y os ayudaron a descubriros y descubrir vuestro camino.


Bien, pues aunque sea tarde, aunque no se enteren, aunque, seguramente, no les importe demasiado el hecho, por una puñetera vez siéntete agradecido hacia ellos. Es lo menos que puedes hacer.

domingo, 22 de marzo de 2015



EDUCAR, NO ENSEÑAR.


Se me ha echado el tiempo encima.  Este trimestre tampoco me ha dado tiempo a evaluar.

Tengo la sensación de que no sólo en mi centro, sino en cualquiera de los muchos en los que he estado, trabajan más los profesores que los alumnos.  Me explico y enlazo con el tema a analizar, la evaluación y la autoevaluación educativa.

En general estamos tan preocupados por “enseñar” que nos olvidamos de evaluar.  Sí de “enseñar”, es decir de mostrar, decir, expresar, no de educar.  Los “enseñantes” son profesionales de la educación atareadísimos con “mostrar” a los alumnos cómo se hacen las cosas, cómo se piensa sobre algo, cómo se analiza, cómo se resuelve… y todo esto sobre los más diversos temas, a veces, incluso con megáfono, micrófono, PowerPoint, Prezi… o lo que vaya dando la tecnología; con lo que no les da abasto a otra cosa más que a circular por la pasarela, exhibirse y gritar algo así, en definitiva, como “sed como yo, hacedlo como yo, descubridlo como yo, sentidlo como yo…”

No sólo imaginamos, sabemos todos el fracaso al que está destinada la tarea de “enseñar”, no sólo por parte de los alumnos; el profesorado aquí se lleva la peor de las derrotas, la mayor de las frustraciones.  No podía ser de otra manera.

Cada día los niños son más descarados, pero los profesores estamos tan instalados en el paradigma “enseñar” que no atendemos a sus críticas.  No vale de nada que nos repitan una y otra vez, de manera clara y fuerte, haciéndose oír por toda la clase, sabiéndose seguidos por sus compañeros, frases parecidas a estas: “Profe, me estoy aburriendo”, o “no me ralles la cabeza, no hables tanto, cállate un poco, por favor”, “¿La has tomado conmigo? Por qué siempre estás pendiente de mí?”, “ya, ya.. no seas pesado”.

Da un poco de risa esto de vernos a nosotros mismos agobiados ahora que llega la evaluación trimestral porque no nos ha dado tiempo a evaluar.  Ahora resulta que después de un trimestre resulta que caemos en que no conocemos a los alumnos y no podemos evaluarlos.  Una vez más, trimestre tras trimestre, año tras año… y no despertamos en la caída.

Quizá sea porque como dicen cada profesor no tiene más remedio que imitar a los que fueron sus profesores, que no conoce nada más. Bueno sí, conoce un montón de pedagogías y didácticas… pero ofrecidas en el mismo estilo que criticamos.  Y también los enseñantes de enseñantes aprendieron con el mismo paradigma de fichas, libros para completar, recortables, líneas de puntos para seguir, palabras para enlazar, subrayar, tachar… En fin, creo que sabéis de lo que hablo.

Hasta el que empieza ahora en esta profesión sabe que la evaluación es un proceso consustancial al aprendizaje, que se aprende, generalmente, del fracaso, que lo del aprendizaje por ensayo error no es ajeno a lo académico y que lo que nos lleva a un estado propicio para el aprendizaje es el estado de quietud, melancolía, hipersensibilidad y necesidad que se genera cuando nos vemos ante un fracaso; en cambio, sabemos todos que el éxito no nos lleva a meditar mucho.

Por tanto creo que estamos de acuerdo en la teoría.  La educación –que no la enseñanza-  lleva implícita la evaluación.  En todos los aspectos y estamentos, por todos y sobre todo.  En la práctica actuamos como ajenos a esta verdad, distrayéndonos con mostrar lo que sabemos una y otra vez, facilitar la sensación de trabajo a los demás, hacerles creer que nos siguen… creérnoslo nosotros…  Dicen que el gran problema de los profesores, aparte de que solemos ser hipercríticos con nosotros y con lo que nos rodea, es que no reflexionamos sobre lo que hacemos.  ¡No tenemos tiempo!

Plantearía un objetivo generador para lo que queda de curso: No hagas nada por tus alumnos que puedan hacer ellos por sí mismos, no te preocupes tanto por trabajar, por hacerlo bien tú, intenta que lo hagan ellos. 

Ya hartos de tanto barroco educativo, propongo una especie de minimalismo en la actuación de los educadores que permita la acción de los educandos.

viernes, 6 de febrero de 2015

LOS TRES DESEOS, EL DESEO
No nos referimos a los deseos básicos que ya apuntó Aristóteles y nos recordó el Arcipreste de Hita.

Como dice Aristóteles, cosa es verdadera:
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por tener mantenencia; la otra cosa era
por tener juntamiento con hembra placentera.


Hablamos de educación.  Trato de reflexionar en este post sobre la motivación  -la no motivación, mejor dicho-  de los adolescentes actuales, más concretamente, dentro de estos, quiero referirme a ese grupo para el que trata de dar algunos consejos el psicopedagogo Juan Vaello en su libro “Cómo enseñar al que no quiere”.

José Antonio Marina, distingue tres etapas del deseo en el desarrollo infantil. 

En la primera infancia el niño desea “pasarlo bien”; así, sin más.  No entiende que muchas veces este deseo básico es el cebo para obtener del momento o de la experiencia concreta algo más que un simple “pasatiempo”.

El adolescente se sentiría impelido fundamentalmente por el deseo de relación; todo lo sacrifica a la búsqueda de esa relación con el otro, incluso el “pasarlo bien”, concepto ya muy superado por la necesidad de “quedar bien”, ganar amigos, buscar aprobación, relación... ; también, como el deseo de “pasarlo bien”, encierra otras finalidades en muchas ocasiones ocultas al adolescente, si no del todo ocultas, no tenidas muy en cuenta.

Para el joven el deseo básico se transforma en “ser mejor”.  Esta es la verdadera esencia de los anteriores deseos;  tanto el niño como el adolescente, de manera remota y esencial, supeditaban sus deseos a este principio básico, pero sin mucha conciencia de ello.  El joven ya sí es capaz de sentir que si “lo pasa bien” o si siente necesidad de relacionarse, no muy en el fondo, evidente ya, es en definitiva para “ser mejor”, sentirse más cada día, saber, conocer, crecer.  Y esta, amigos, ya sí es la piedra angular del deseo que durará a lo largo de la vida del adulto; tomando uno y mil disfraces, negándose a sí misma en ocasiones, pero enquistada en nuestro más profundo y ancestral ser.

Es fácil reconocer cómo el niño disfruta conociendo.  Como una imagen vale más que mil palabras os propongo pinchar en este enlace, en el que se muestra lo feliz que se siente una niña al descubrir la lluvia:

OK, estamos de acuerdo, ¿no?  Claro.  No obstante probablemente hayáis caído en la trampa, en el engaño, que nos tienden muchos adolescentes: “No quiero estudiar, no quiero aprender”.   Así, dicho en negro sobre blanco y en un contexto de reflexión parece mentira caer en esta mentira, ¿mentira?  Verdad.

Juegos de palabras aparte, ¿por qué tantos padres dicen pensar eso de “si quisiera podría, pero es que no quiere; es muy listo, pero no quiere”?   ¿Qué no quiere?  ¿Aprender, saber, conocer… ser mejor?  No les sigamos el juego.  Dejémonos de mentiras piadosas, tiritas que evitan sanar y cicatrizar heridas, que nos dan un consuelo efímero y falso.

Hay que concienciar a los padres del sufrimiento de sus hijos, de que éste es tan grande que lo disfrazan del “no quiero”. Es vieja la fábula de la zorra y las uvas, tanto como el deseo de ocultar nuestra frustración a los demás.  Pero, en educación, en el taller del aprendizaje, sólo se progresa si aceptamos nuestros errores y fracasos; es el primer paso para superarlos.  La resiliencia, no es algo que se hereda como la dislexia de pacotilla, se aprende; como la ortografía.

No sé muy bien de quién fue la primera culpa, si fue la gallina o el huevo, si fueron los padres quienes hicieron ansiosos y presuntuosos a los críos o si fue al contrario.  En definitiva, la mentira está tan bien urdida que los profesores se han entregado a ella como flotador en el que agarrarse ante los alumnos que “no quieren”, y por tanto… “yo no puedo hacer nada”.


Cada cosa que hacemos o sentimos tiene su porqué, su motivo; de eso sabe mucho la psicología, vive de ello, de las causas ocultas –más exactamente “trabajosamente ocultadas”.  ¿Qué busca un enseñante al decir eso de “no quiere aprender”, “no le gusta estudiar”?   ¿El deseo de ser mejor?  Me temo que probablemente, y la explicación sería una larga disertación sobre la falta de tiempo, el egoísmo y unos cuantos pecados capitales más demasiado humanos.

viernes, 26 de septiembre de 2014

EMOCIONALMENTE   CON  LOS  HIJOS.

La vida entendida como lucha, estar a la defensiva como animales heridos, sentirse humillados y marginados, dominados, sojuzgados en un mundo cruel que parece que se ha puesto en contra,  acarrea más desgracias a los hijos que a este tipo de padres/madres que adoptan el papel de abogados defensores de sus hijos. 

Luchan contra profesores, policías, educadores… contra todo aquello que pueda significar una autoridad, considerada como parte del sistema opresor y por tanto una figura represiva contra la que hay que defenderse.  Ante el miedo, la indefensión, la angustia… usamos nuestra mente emocional, primaria, primitiva.  Una mente hecha para sobrevivir, no para vivir.

El único camino para cambiar es el reconocimiento del error, del fracaso.  Estamos programados para aprender de los fracasos.  Nos invade la tristeza, la reflexión, la culpa, cuando fracasamos;  y es porque entonces “pensamos”, intentamos analizar una y otra vez la situación, comprenderla, “aprehenderla” para no volver a caer en ella.  Estamos hechos así; es una medida más de conservación de la especie.  En cambio, no aprendemos del éxito; cuando éste nos viene no “perdemos el tiempo” en pensar, lo disfrutamos, nos recompensamos, sentimos ganas de repetir y punto.

No se puede tener éxito si educamos a los hijos desde la emocionalidad.  Si cuando sentimos que no hacen las cosas bien miramos a otro lado buscando exculpaciones y pretextos que nos liberen de sentir nuestro fracaso.  Si cuando el hijo una y otra vez se equivoca y actúa con maldad o ignorancia, si cuando fracasa, en definitiva, nos vemos reflejados en su fracaso, nos sentimos partícipes de él, responsables, y entonces… le perdonamos –nos perdonamos-, le comprendemos –nos comprendemos-, le apoyamos ciegamente –emocionalmente-, aun sabiendo que estamos echando gasolina que avivará un incendio futuro.   

Pero el futuro no existe cuando el presente está perdido; se busca salir lo antes posible del asunto, vivir al día… sin pensar en ese mañana mejor al que dicen que la educación nos lleva.  Cuando se siente hambre lo primero que se pierde son los modales, la vergüenza… y también el miedo.  Quizá sea esta la causa última que provoca todo el comportamiento de justificación y defensa de lo indefendible e injustificable en los hijos, querer liberarse del miedo, la angustia que nos hacer sentir y nos impide pensar.

Dice Machado: “lleva quien deja y sólo vive el que ha vivido.”

¿Murió? Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan,
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Me temo que también se podría decir que sólo puede educar bien quien se siente bien; no se puede educar desde la infelicidad, el pesimismo o la rabia.  Y me parece que estamos en ese bucle famoso del ¿estamos tristes porque lloramos o lloramos porque estamos tristes?  ¿qué fue antes la gallina o el huevo?; ¿los padres resentidos e infelices o los hijos maleducados?

Ya hablamos en otra ocasión sobre la necesidad de tener una infancia propia, ese paraíso perdido de felicidad que guía nuestro futuro y del que nuestros padres tuvieron la llave.

viernes, 23 de mayo de 2014

ES MUY INTELIGENTE, PERO NO QUIERE.

Coeficientes y cocientes.  La superdotación vulgarizada.

Haz lo que quieras.  La única regla de la orden instituida por Gargantúa fue esclarecida por Savater en su libro casi de texto “Ética para Amador”Savater nos  explica que si de verdad hiciéramos lo que quisiéramos haríamos el bien,  por nuestro bien.  Pero no siempre hacemos lo que queremos, no nos podemos gobernar ni a nosotros mismos, o por lo menos no siempre.  Sí quieres gobernar un gran imperio, gobiérnate a ti mismo.

Están de moda las excusas para indicar que no hacemos lo que queremos: es muy listo, pero se distrae con facilidad, no presta atención, no quiere estudiar, no atiende, no le interesa aprender, no le gusta leer –es disléxico-, no se sabe controlar –es tdah-, sólo atiende a lo que le interesa –es un poco asperger-, en el fondo es buena persona, pero tiene trastornos de conducta –es TDC-… y así hasta el hartazgo. Insistiendo una y otra vez en el “puede, pero no quiere”, que esconde el sentimiento nunca desvelado y temido: “no puede, por eso no quiere, no queremos… no suframos”.

Del farragoso, deshilachado y tonto último libro de Goleman Focus”  he podido extraer algo interesante.  Dedica dos o tres páginas a intentar explicarnos que uno de los diamantes es la atención focalizada, el autocontrol, no el CI;  el CI no es predictor de éxito ni siquiera académico, mientras que el autocontrol sí lo es, y no sólo académico.

Pero, cuántas veces oímos decir a los padres “es muy listo, pero no quiere estudiar”,  “es muy inteligente, pero no se organiza, se pone nervioso, se relaciona mal socialmente…”.  Como si del pack que podemos llamar “inteligencia” pudiéramos sacar habilidades tan valiosas como el autocontrol, la organización, la sociabilidad, la tranquilidad o la frialdad para resolver imprevistos…  No sé qué pasaría si la NASA para elegir a sus astronautas se limitase a examinarlos de matemáticas, o de sus conocimientos sobre dinosaurios.  Los padres se suelen sentir tan orgullosos al decir que su crío es muy inteligente que suelen matizarlo con un “pero no quiere estudiar”, “es muy desorganizado”… para no pasar por presuntuosos totales.  No saben que desprecian los diamantes y recogen el barro.


El autocontrol no viene de serie, se aprende.  Nos lo enseñaron nuestros padres.
Todos los niños quieren que sus padres guíen su comportamiento, se sienten seguros cuando esto ocurre.  “Ahora lo sé, decía un padre; cuanto más me he empeñado en cumplir todas sus peticiones, más me ha exigido y peor me ha tratado.  En cuando he empezado a exigirle responsabilidades, se ha transformado en otra persona”.

El paradigma actual en educación, especialmente familiar,  parece estar determinado por las dos siguientes premisas:
1.- Lo verdaderamente importante es lo que nos viene dado, las cualidades naturales (dones).
2.- Desprecio por lo que es trabajado, conseguido por el trabajo, sobreponiéndose a los fracasos y carencias.

El barroco en educación, por otra parte, alienta a los alumnos y familiares a centrarse en lo singular, personal, excesivo, llamativo… despreciando la visión de conjunto, la estructura y los pilares del edificio.  No es de extrañar que la excusa preferida por el alumnado sea el “yo soy así, debo ser yo mismo”, olvidándose o rehuyendo toda posible excelencia sobrevenida a través del esfuerzo o trabajo.  El “´sé tú”, de las lecciones de asertividad se ha tomado por las hojas, y ha desterrado al “sé mejor”, necesaria actitud ante el aprendizaje.

Los medios de comunicación ayudan a fomentar esta creencia, planteando un mundo en el que la suerte y el destino dejan poco que hacer a conceptos tan rutinarios, trasnochados y entendidos como tontos, tales como el trabajo, la economía… No hay mejor lotería que el trabajo y la economía, decían… “los antiguos”.

Cada vez hay más alumnos en clase que, según sus familias, “se aburren” de tan listos como son. No vale de nada contar a estos padres todo lo referente a las nuevas ideas factoriales sobre la inteligencia o la inteligencia práctica de Sternberg, no vale contarles que la inteligencia está hecha para resolver los problemas que nos presenta nuestra vida diaria, que no para otra cosa está hecha, y que no cuadra mucho que un alumno fracase en su trabajo, en su tarea propuesta y sea muy inteligente, que a más CI más motivación interna, más atención, menos aburrimiento; y al contrario.  No sirve de nada intentar desmontar todos los tópicos sobre el sabio loco, las leyendas urbanas y demás historias que dan a entender que Einstein era así de listo porque sacaba la lengua como la Mile Cyrus

Los padres de los niños de 3 años parecen haberse puesto de acuerdo en pedir “un certificado de superdotación” sin fecha, sine die, por si luego de tan listo las cosas le van mal en el cole, darle con él en la cara al tutor/a que le toque en suerte la desgracia de constatar que el niño/a no está a la altura.  No es esta una idea mía; me la expresó una madre cuando le pregunté que para qué quería un “certificado de superdotación” como me pedía.

La Administración ha entrado en el juego; y se ha diseñado un programa para detectar superdotados en 1º de primaria.  No se pueden imaginar lo difícil que es, al menos tanto como sería detectar discapacidades intelectuales a los 6 años.  Sin pensar en retrasos madurativos o precocidades intelectuales, para qué esperar.  En esas estamos… Dios nos perdone.


domingo, 16 de marzo de 2014

PEQUEÑAS TRAGEDIAS COTIDIANAS

A woman's whole life in a single day. Just one day. And in that day her whole life (Ms Dalloway; V. Woolf)


No esperen de mí una historia con principio, trama y desenlace; ya saben que suelo hablar de sentimientos; me gusta dibujarlos en mi cuaderno de apuntes.

 Hoy les quiero proponer que piensen por un momento en el colegio donde tengan escolarizados a sus hijos, y preguntarles cómo lo sienten, cómo hablan con él, con la gente que vive en él, y por él; y sí, de él también. Me refiero a la gente que, como usted, por uno u otros motivos, lo vive. Bien, ¿cómo se relaciona con él?, ¿lo ha pensado alguna vez?, ¿cree que se relaciona lo mismo que con el instituto al que puede asistir su hijo mayor, o con la universidad, o con las diferentes instituciones educativas -o casi- a las que asisten sus hijos?

 Harto ya de estar harto, quiero escribir al menos estas reflexiones para sentirme un poco mejor; sí, yo; perdone que no piense tanto en su hijo o usted como sería mi obligación y le exprese directa y francamente que estoy contándole esto fundamentalmente por mi bien… y, sí, también porque creo que es justo y bueno que usted reflexione sobre ello. No se ponga así, no se altere… siempre tiene la opción de dejar de leer y punto, no le llevaré la contraria. 

Jugamos en el mismo equipo, trato de transmitir a los padres cuando tengo la oportunidad de hablar con ellos, una queja es un regalo, esta es su casa, siéntanse, siéntense cómodos y hablemos sobre lo que más aprecian, sobre sus hijos y su educación. ¿Por qué no? ¿Por qué no unas relaciones basadas en la confianza? ¿Qué pensaría si las relaciones en su familia estuviesen determinadas –burocratizadas- por una institución que les mandase de vez en cuando un inspector? Que no se podría hacer nada, que el miedo o la desilusión les agarrotaría, que para los asuntos de entidad están los tribunales, que quién va a saber más en su casa que ustedes… intuyo sus respuestas; lo que me atrevo a pedirles es que no deseen para el centro que educa a sus hijos el caldo de cocción base que no querrían ni en pintura para su familia.

 Sólo les pido que piensen en cómo les gustaría que fuesen los educadores de sus hijos… y los traten de manera que les sea fácil, posible, serlo. Nada más.

 Quien no entiende una mirada, no entiende una larga explicación. Este post es corto, deseo que lo recuerden la próxima vez que se encuentren hablando con la tutora, con el tutor de sus hijos. Más nada más.

jueves, 7 de noviembre de 2013

EL SÍNDROME DEL CUADERNO NUEVO


EL SÍNDROME DEL CUADERNO NUEVO


Tú vives siempre en tus actos. 
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas. 

Bonito, ¿eh? Así nos describe Salinas el “estado de flujo” en el que se encuentra su amada, lo que la hace tan atractiva. No sé si saben a dónde quiero llegar.  Permítanme continuar con una reflexión sobre la manera de usar un cuaderno escolar, ayudará a explicarme.

Creo que podríamos encontrar dos actitudes básicas a la hora de usar un cuaderno;  la del estudiante que se ilusiona con él, lo forra, escribe su nombre en la portada con todo el esmero posible, decora la primera página…,  todo hecho con mucha tensión, con miedo a equivocarse y estropearlo;  el mismo miedo que le agarrota cuando intenta escribir en él.  Creo que entenderán que el final de este proceder es que el estudiante, muy a su pesar, debe escribir algo en las primeras páginas y que lo escrito seguro que estará muy por debajo de lo que el cuaderno-tuneado exige, con lo que más pronto que tarde, después de arrancar varias hojas, y aceptar la triste mediocre realidad, el alumno perderá el interés por el cuaderno  y probablemente por la asignatura o materia a la que está dedicado, dado el tiempo gastado en el tuning en vez de en el estudio que, con toda probabilidad,  le habrá hecho perder el paso y ganar la frustración tonta derivada de las expectativas imposibles,  generalmente concretada en la inacción o el rechazo manifiesto por lo que no creemos poder alcanzar.

La actitud opuesta es la del estudiante que entiende el cuaderno como una herramienta para aprender, como un espacio de taller en el que con esfuerzos, fracasos y triunfos irá recogiendo sus esfuerzos por ser mejor.  Quizá coincidan conmigo en que cuando avanzado el curso alguien revise el cuaderno dirá algo así como “está muy trabajado, seguro que pertenece a un buen alumno”.

Bien, pues algo así sucede a los padres con los hijos.  Hay padres con unas expectativas tan grandes y un miedo a equivocarse tal que no se atreven a actuar;  y, si lo hacen,  es para comprobar una y otra vez que la galleta no está rota, para pedir confirmación ansiosa al tutor, al orientador, al vecino… de que el número se lo han dado premiado,  y, amigos, en el pecado está la penitencia, ya les conté el final del estudiante más pendiente de no emborronar el cuaderno que de entender la asignatura.

Y luego, claro, están también los padres en “estado de flujo” con los hijos y su educación, desde el principio, sin reparar en ello, sin saber lo valioso, hermoso y atractivo de su proceder.

Hechas estas aclaraciones, creo que podríamos pasar a especificar la sintomatología de lo que podría definirse como “Síndrome del Cuaderno Nuevo  en los padres”;  el SCN, que vende más.

1.- Altas expectativas.
2.- Chequeo continuo del niño para encontrar o cerciorarse de la excepcionalidad pretendida.
3.- Sobreprotección tendente a evitar todo fracaso o frustración en el niño.
4.- Procurar formar una imagen de “madurez” en el niño valorando y potenciando actitudes y conocimientos “sorprendentes”, propios de un adulto.  “Encender bombillas”,  llamar la atención es lo que suelen hacer muchos de los niños que sufren padres con este síndrome.  Saben los nombres de los dinosaurios más difíciles, hablan sobre cosas que no entienden con una soltura de superficialidad aprendida; intentan seducir, buscan el aplauso inmediato, la admiración… por eso precisamente, huyen del aprendizaje, desprecian lo que ignoran, carecen de la humildad necesaria para aprender.  Aprenden a usar el “no están maduras” de la zorra de la fábula como coraza ante las demandas de la realidad, refugiándose en la imagen de su paraíso imaginado que proyectan en los otros.  Tarta para hoy y hambre para mañana.
5.- Búsqueda a toda costa de la singularidad en el niño.  Así, no es difícil que los padres se debatan entre la discapacidad o la superdotación; entre los extremos, en definitiva.  O César o nada, que dicen dijo César.
6.- Búsqueda de etiquetas que expliquen las expectativas rotas.  TDAH, dislexia, Asperger, superdotación… aquí la variedad es inmensa, aunque la cosa va por modas, con lo que la homogeneidad también.
7.- Si la galleta está rota, ya no interesa.  Todo el interés que suelen mostrar estos padres en los primeros años del niño, se suele ir diluyendo y desapareciendo por completo cuando el alumno realiza los últimos años de Primaria o los primeros de Secundaria, a la vez que se dicen algo así como <<no es como yo quería que fuese –con una erre el “quería”, nótese- por tanto ya no me interesa>>.